Araiz en el hospital (parte uno)

El hospital fueron muchas cosas: sangre, batitas de algodón, enfermeras color violeta, mucho yodo, jovensísimos doctores, comida extraña, amables policías, encierro, ayunos, hartazgo, llanto, risas y mucho, mucho crecimiento personal.

El miércoles 21 llegué  internarme para ser operada al día siguiente. A mi apéndice analizado le encontraron un pequeño tumor carcinoide dentro: 4 x 9 milímetros me hicieron volver al quirófano, pues el tumor había invadido la red linfática y había posibilidad de que algunos ganglios de mi intestino estuvieran afectados también ya.

Normalmente el apéndice retirado se lleva a analizar y los resultados se entregan una semana después, los médicos los revisan, se cercioran de que todo esté bien y si no, te llaman de inmediato. En mi caso no fue así: Mis doctores,  me vieron “muy joven y sana” y simplemente omitieron revisar los resultados del análisis a mi apéndice (cuestión de rutina). No sabían que ese mañana de enero, me acababan de quitar un tumor canceroso, no sabían que seis meses después alguien, por serendipia, encontraría mi caso en los archivos y me mandaría a llamar urgentemente. Negligencia, pues.

Total, detalles aparte, ese miércoles antes de que amaneciera, pasó por mi Beto Cuétara y nos fuimos al Sope al que sería mi último entrenamiento de “la temporada”: 16 km con el equipo de Total Running. Comencé a disfrutar cada kilómetro, tomármelos uno a uno, observar el Bosque, platicar con mis amigos del equipo, respirar el aire fresco de la mañana y en eso ¡Praaaaaas! Caí al piso víctima de una boya disfrazada de negro, aterricé en cámara lenta en el pavimento húmedo, rodillas y codo me protegieron de entregar los dientes. Me levanté en un segundo con ayuda de mis amigos y seguí corriendo como si nada.

Fue hasta los estiramientos del final cuando noté mis mallas rotas, rodillas y codo sangrantes y raspados. Ardía pero me pareció muy simpático. Tenía como 15 años desde la última vez que me había raspado las rodillas, me recordó que si, me volví adulta, pero no me quedé encerrada en la eterna rutina  de oficina- coche- casa, todavía salgo, corro, me caigo, me levanto y sigo adelante.

Volví a mi casa, preparé mi maleta con la lista de cosas que me indicaron en el hospital, me arreglé y salí risueña y nerviosa rumbo a la cirugía. Me pidieron internarme a las 12:00, eran ya 12:30 y yo seguía pegada a mi muffin y capuchino, evadiendo entrar. Mi mamá delicadamente me presionó, entramos, firmamos documentos, me asignaron la cama 125 y ahí comenzó todo. Análisis tras análisis, yo era la paciente más regia del lugar, subida en mis botas de tacón alto y siempre bromeando. Este espíritu luché por mantenerlo cada día a través de esta locura que fue mi experiencia hospitalaria. En su mayoría lo logré y me pude mantener a flote y a mi familia, que estaba tranquila gracias a mi actitud.


Me parecía una locura estar en el hospital, porque me sentía mejor que nunca de salud  y de ánimo, me sentía fuerte y en cada análisis que me hicieron previo a la operación, no se vio ni rastro del cáncer. Pero la red linfática estaba posiblemente invadida y eso no podíamos verlo en las radiografías, tomografías ni en algún otro estudio, así que decidieron que lo mejor era operarme por precaución. Yo ante ese panorama dudé, los cirujanos me llevaron una hoja que debía firmar y en la que se explicaban todos los riesgos del procedimiento: nada alentador, de hecho me pareció tétrico. No dormí esa noche, hicieron venir en la madrugada a muchos médicos que nos explicaron a fondo el caso y, finalmente, firmé la hoja con plena conciencia de lo que estaba aceptando.

Pues eso por hoy, amigos, tengo muchísimo que contarles y lo iré poniendo cada día por aquí.

Les agradezco de nuevo cada muestra de apoyo y cariño que han tenido conmigo en estos días, Dios los bendiga.

Hasta mañana, feliz día y no olviden que hoy el Maratón cumple 2,500 años, festéjenlo a su manera y saquen al Filípides que todos llevamos dentro 🙂

Abrazos

Araiz

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Crónica de mi apendicitis

Después de ir a ver las rebajas el miércoles al mediodía, tenía muchísima hambre y terminé comiendo un burrito y un boing en mi burrería consentida. Más tarde tenía que ir al cine y luego un examen, pero nada de eso pasó ya, cuando iba a salir al cine me comenzó un dolor raro como indigestión, lo sentí al centro del estómago, poco a poco se intensificó y ya no me dejó pararme de la cama, culpé al pobre burrito y me tomé un paracetamol y una pastilla para las infecciones del estómago y traté de reposar.

Pasaron las horas y el dolor era más fuerte, casi insoportable, pero ahora también tenía muchas náuseas y escalofríos y me comenzó a temblar todo el cuerpo, no soportaba estar acostada en mi cama ni sentada, me paraba y caminaba un poquito, era de madrugada y no sabía que hacer, el dolor ya se había movido a mi costado derecho, me toqué y sentí algo duro, inflamado, revisé en internet y vi que ahí está el apéndice y que tenía los síntomas.

A las cuatro de la mañana ya no pude más, fui al cuarto de Rubén y le dije ¡Llévame al hospital, porfavor!, le debo haber dado un gran susto con mi cara palidísima porque saltó de su cama, me ayudó a hacer unas llamadas y, como el coche no circulaba, media hora después estábamos subidos en un taxi rumbo al hospital.

Sentada en el taxi trataba de controlar el dolor y las náuseas respirando profundo, el taxista pensó que estaba embarazada y a punto de parir, porque iba rapidísimo y yo tan mareada no podía con su velocidad. Llegamos por fin a Urgencias del Hospital Ángeles, entré y, aunque la atención no fue la mejor, pues me hicieron esperar unos 15 minutos mientras yo no soportaba el dolor, tan sólo estar ahí me tranquilizó mucho, me revisó una doctora, me subieron en sillita de ruedas, me hicieron análisis, y me llevaron a un cuarto donde (sin que yo entendiera para qué) me pusieron suero.

Le dije a la doctora que pensaba que tenía indigestión o apendicitis, después de los análisis y radiografías, llegó otro médico y me confirmó mi diagnóstico, me dijo que debía llamar un cirujano inmediatamente, pues si no se operaba pronto se convertía en peritonitis. Yo me quedé en shock: Jamás había estado en un hospital y menos en un quirófano, me considero fuerte y no me da miedo la sangre ni nada de eso, sólo no alcanzaba a entender cómo había pasado tan rápido de mi tarde de compras a un paso del quirófano.


No quería que me operaran, pero no había opción, así que no dije nada, hice algunas llamadas, investigué dónde sería mejor operarme y me di de alta del Ángeles para que me llevaran al Instituto de Nutrición.

Además de nunca haber pisado un hospital, jamás había recurrido a algún servicio público de salud y siempre había pensado lo peor de su calidad, pero me dijeron que en Nutrición estaban los mejores cirujanos del país y allá fui. Esta experiencia rompió mi paradigma al respecto, desde las enfermeras, camilleros, personal de limpieza, médicos, recepcionistas y seguridad, todos me trataron como princesa, a pesar de que fui a un hospital dónde ni siquiera me correspondía operarme, pues sólo atienden a enfermos terminales de enfermedades raras como cáncer o lupus.

De mis doctores qué les puedo decir, me trataron perfecto, me sentí taaan en confianza con ellos, sabían lo que decían y no me daba miedo ya ir a quirófano si era en sus manos. Decidieron hacerme la cirugía laparoscópica, pues soy mujer joven y así tendría cicatrices pequeñísimas, como dos puntitos.

Le dije a mi doctor que me ponía triste que no podría ya correr el Maratón Lala en marzo y me respondió ¿Porqué no? Si los discapacitados pueden, tu más… Just do it! (pensé que se estaba burlando, pero de verdad cree que lo voy a poder correr 🙂 )

Me pasaron entonces a un “anexo”, que es un reposet gigante donde te preparas y esperas para pasar a quirófano, ahí estuve algunas horas, me despintaron las uñas, me pusieron ropa nada glamourosa y litros y litros de suero y antibióticos. Llegó la anestesióloga a presentarse conmigo: Me cayó taaan bien, se veía sólo un poco más grande que yo, con su trajecito de doctor que se mandó a hacer color rosa y su maquillaje impecable, toda una reina del hospital, fue muy linda y me explicó que me iban a dar “unos tequilitas” (Diasepam) primero, para que me durmiera y luego me pondrían un bloqueo en la espalda.

Llegó el camillero, que también era todo un lindo, se presentó conmigo, me explicó lo que haríamos, me trepó en su camilla y ahí voy viendo el techo, sintiéndome en un capítulo de ER y acercándome cada vez al quirófano, pasé por la sala de espera donde vi a lo lejos a mis familiares y les dije adiós con una mano y seguí mi camino. Iba sonriéndole a todos, me saludaban desconocidos en el camino y me deseaban suerte, yo en realidad estaba muerta de pavor: Me imaginaba el quirófano como un cuarto enorme frío todo de metal, una plancha en la que me pondrían y una gran lámpara incandescente sobre mi cuerpo.

Llego al quirófano y…. era todo blanco, pequeño y confortable y se escuchaba de fondo la canción del pescadito de Alizzé, con ese ambiente se me fue el miedo, ahí estaba mi anestesióloga, me dijo ¡Hola Araiz!, me pusieron en una camita, me taparon con una sábana, llegaron mis doctores y decidieron operarme con el nuevo disco de The Killers de fondo, me enseñaron un video de la enfermera bailando hawaiano, llegó el otro anestesiólogo, se presentó me dijo: Traga saliva, vas a sentir rara la garganta y sueño, puso algo en mi suero y 30 segundos después no supe de mí.


Recuerdo borroso a la anestesióloga diciéndome ¡Ya terminamos, Araiz! Y al Doc diciendo ¡Si vas a poder correr tu maratón!, son como recuerdos rosas y felices, pero en realidad desperté en Recuperación, con el beep-beep del aparato que monitorea tu corazón. Las enfermeras de saludaron, me llevaron a mi habitación y ahí pude estar con mis visitas, Montse me llevó flores y estuvo siempre pendiente, vinieron mis papás y mi tía y yo estaba tranquila y agradecida de que todo hubiera salido bien.

Llegó después el doctor y me dijo ¿Quieres ver tus cicatrices?, yo obvio no quería, me imaginaba algo muy grande, pero me dijo nooo míralas, volteé un poco y vi tres cintitas todas pequeñas, eso era todo. Me encantó. Luego pasé el día entero sin agua ni comida, alimentándome de suero y soñando con un capucchino.  Cuando me dijeron que al día siguiente desayunaría fui feliz.

Mi desayuno fueron dos pedacitos de gelatina de naranja, un té de manzanilla y un vasito de boing de manzana. Después recibí muchas visitas una tras otra, comí muy rico también y llegó mi doctor  darme de alta. Me vestí y salí del hospital.

Ahora estoy reposando, camino poco, muy despacito y encorvada, mi papá dice que  parece imposible pensar que hace unos días estaba corriendo, ahora no camino ni 50 metros, pero se que estoy mejorando, me cuidan mucho y pronto estaré recuperada. En tres semanas podré nadar y en un mes volveré a correr.

Estoy feliz con las muestras de afecto y de verdad esta experiencia, aunque pequeña, me permitió estar un buen rato a solas, reflexionar y recordar las cosas y personas que son realmente importantes en mi vida. Así que si los tienen que operar de apendicitis no tengan miedo, háganlo a tiempo y sólo pónganse en las manos del mejor cirujano que  puedan conseguir.

Saludos desde mi recuperación con capucchinno descafeinado

Araiz

Apendicitis

Antier en la tarde comencé con un dolorcito de estómago que creció y me llevó al hospital en la madrugada. Estuve en uno y luego en otro y terminaron operándome del apéndice, mi primera cirugía y yo asustadísima, pero todo salió bien y ya estoy en reposo, ahora no tendré mucho acceso a mi compu pero pronto volveré. Lo lindo fue que el doctor me dijo que, a pesar de esto, podré correr el Maratón Lala en marzo, así que me cuidaré mucho y nos veremos en Torreón si Dios quiere.

Saludos desde mi convalescencia

Araiz

P.D. Una disculpa a los que me han escrito comentarios que no he respondido en estos tres días, ya los leí todos y los estaré contestando pronto 🙂