El cáncer, cuatro años después

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Los factores de riesgo para padecer cáncer de colon son: obesidad, antecedentes familiares de cáncer colorrectal, presencia de pólipos intestinales, falta de ejercicio, consumo elevado de alcohol y tabaquismo. Sin tener NINGUNO de esos factores, hace cuatro años, a los 25, siendo una mujer sana, deportista, bien alimentada y sin vicios, enfermé de cáncer de colon. 

Afortunadamente viví para contarla, el proceso no fue sencillo, fue largo y duro, pero muy fortalecedor y hoy estoy segura de que el cáncer ha sido lo mejor que me ha pasado, me volvió aun más fuerte y agradecida, pero sobre todo me enseñó que la vida se puede ir mañana, que no por ser joven soy inmortal y que tengo la responsabilidad y obligación de entregarlo todo para alcanzar mis sueños y cumplir cada día al máximo mi misión en este mundo. Desde entonces y aunque suene a cliché, mi vida ha sido mucho más intensa, colorida y feliz. Dejé de lado los prejuicios y las dudas y desde ese día de agosto en que me dieron de alta del hospital, comencé a ver el vivir al máximo como única opción.  Continuar leyendo “El cáncer, cuatro años después”

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Carrera Osmo contra el Cáncer y mi viaje a Oaxaca

IMG_8069En 2010 me detectaron y eliminaron cáncer. Ese año fue especial, me gradué de la universidad, me ofrecieron el trabajo que soñaba, tuve dos cirugías complicadas y corrí tres maratones. Una locura. Este domingo estuve en Oaxaca compartiendo mi experiencia con esta enfermedad y cómo el deporte me ayudó a superarla, esto lo platiqué a muchas personas en un desayuno de recaudación de fondos. Continuar leyendo “Carrera Osmo contra el Cáncer y mi viaje a Oaxaca”

Araiz en el hospital (parte uno)

El hospital fueron muchas cosas: sangre, batitas de algodón, enfermeras color violeta, mucho yodo, jovensísimos doctores, comida extraña, amables policías, encierro, ayunos, hartazgo, llanto, risas y mucho, mucho crecimiento personal.

El miércoles 21 llegué  internarme para ser operada al día siguiente. A mi apéndice analizado le encontraron un pequeño tumor carcinoide dentro: 4 x 9 milímetros me hicieron volver al quirófano, pues el tumor había invadido la red linfática y había posibilidad de que algunos ganglios de mi intestino estuvieran afectados también ya.

Normalmente el apéndice retirado se lleva a analizar y los resultados se entregan una semana después, los médicos los revisan, se cercioran de que todo esté bien y si no, te llaman de inmediato. En mi caso no fue así: Mis doctores,  me vieron “muy joven y sana” y simplemente omitieron revisar los resultados del análisis a mi apéndice (cuestión de rutina). No sabían que ese mañana de enero, me acababan de quitar un tumor canceroso, no sabían que seis meses después alguien, por serendipia, encontraría mi caso en los archivos y me mandaría a llamar urgentemente. Negligencia, pues.

Total, detalles aparte, ese miércoles antes de que amaneciera, pasó por mi Beto Cuétara y nos fuimos al Sope al que sería mi último entrenamiento de “la temporada”: 16 km con el equipo de Total Running. Comencé a disfrutar cada kilómetro, tomármelos uno a uno, observar el Bosque, platicar con mis amigos del equipo, respirar el aire fresco de la mañana y en eso ¡Praaaaaas! Caí al piso víctima de una boya disfrazada de negro, aterricé en cámara lenta en el pavimento húmedo, rodillas y codo me protegieron de entregar los dientes. Me levanté en un segundo con ayuda de mis amigos y seguí corriendo como si nada.

Fue hasta los estiramientos del final cuando noté mis mallas rotas, rodillas y codo sangrantes y raspados. Ardía pero me pareció muy simpático. Tenía como 15 años desde la última vez que me había raspado las rodillas, me recordó que si, me volví adulta, pero no me quedé encerrada en la eterna rutina  de oficina- coche- casa, todavía salgo, corro, me caigo, me levanto y sigo adelante.

Volví a mi casa, preparé mi maleta con la lista de cosas que me indicaron en el hospital, me arreglé y salí risueña y nerviosa rumbo a la cirugía. Me pidieron internarme a las 12:00, eran ya 12:30 y yo seguía pegada a mi muffin y capuchino, evadiendo entrar. Mi mamá delicadamente me presionó, entramos, firmamos documentos, me asignaron la cama 125 y ahí comenzó todo. Análisis tras análisis, yo era la paciente más regia del lugar, subida en mis botas de tacón alto y siempre bromeando. Este espíritu luché por mantenerlo cada día a través de esta locura que fue mi experiencia hospitalaria. En su mayoría lo logré y me pude mantener a flote y a mi familia, que estaba tranquila gracias a mi actitud.


Me parecía una locura estar en el hospital, porque me sentía mejor que nunca de salud  y de ánimo, me sentía fuerte y en cada análisis que me hicieron previo a la operación, no se vio ni rastro del cáncer. Pero la red linfática estaba posiblemente invadida y eso no podíamos verlo en las radiografías, tomografías ni en algún otro estudio, así que decidieron que lo mejor era operarme por precaución. Yo ante ese panorama dudé, los cirujanos me llevaron una hoja que debía firmar y en la que se explicaban todos los riesgos del procedimiento: nada alentador, de hecho me pareció tétrico. No dormí esa noche, hicieron venir en la madrugada a muchos médicos que nos explicaron a fondo el caso y, finalmente, firmé la hoja con plena conciencia de lo que estaba aceptando.

Pues eso por hoy, amigos, tengo muchísimo que contarles y lo iré poniendo cada día por aquí.

Les agradezco de nuevo cada muestra de apoyo y cariño que han tenido conmigo en estos días, Dios los bendiga.

Hasta mañana, feliz día y no olviden que hoy el Maratón cumple 2,500 años, festéjenlo a su manera y saquen al Filípides que todos llevamos dentro 🙂

Abrazos

Araiz